Mitos y Verdades (II): Jarama y Guadalajara


Memorias de Garcia Lacalle:

“De todo lo que he leído referente a nuestra guerra, nada me ha sorprendido y desagradado tanto como lo que se ha escrito sobre la batalla de Guadalajara.

Y me ha sorprendido más por haber sido escrito por personas muy solventes y muy documentadas e incluso simpatizantes declarados de la República Española. Sirva como ejemplo la obra del señor Hugh Thomas “La Guerra Civil Española”, el más completo y documentado libro de todos cuantos he leído referentes a nuestra guerra en sus aspectos político y militar.

La conclusión final que hace el señor Thomas de la causa que originó la derrota de los italianos fue la siguiente:

“—Los italianos no tuviesen en absoluto en cuenta las condiciones metereológicas…—”

Y añade después: “—Esta batalla llevó también a los estados mayores de Europa, especialmente al francés, a la conclusión de que las tropas motorizadas no resultaban tan eficaces como se había creído en un principio. Los alemanes no sacaron esta conclusión tal vez movidos por el desprecio que sentían hacia los italianos como soldados—”.

La primera conclusión que atribuye la derrota italiana al mal estado del tiempo es completamente errónea: Si el ejército italiano inicia la ofensiva igual a como la iniciaron pero con buen tiempo, el descalabro que hubiesen sufrido habría llegado a la categoría de catástrofe, y no a simple derrota, como podrán comprobarlo al leer el detallado relato que hago de esta batalla.

También me resisto a creer que los estados mayores de Europa, principalmente el francés, llegasen a sacar tan equivocada conclusión, puesto que indicaría que ninguno de los observadores la presenció o no se documentó lo suficiente antes de emitir su juicio.

El desastre de los italianos se debió sola y exclusivamente a la falta de protección aérea y antiaérea. Eliminada la protección aérea por causa de fuerza mayor, puesto que al iniciar su ofensiva con tan mal tiempo fue imposible a las aviaciones de ambos bandos despegar de sus aeródromos, excepto en uno solo y excepcional caso, que da como único argumento la falta de defensa antiaérea. Esta fue la gran falla de los italianos. Equipados con un equipo antiaéreo eficaz, como el de que disponían los alemanes, por ejemplo, el resultado de la batalla hubiese sido bastante distinto.

Lo que resulta verdaderamente incomprensible, con buen o mal tiempo y con antiaérea o sin ella, fue el absoluto desconocimiento de las posibilidades de la aviación y su completa ignorancia de la decisiva influencia que tenía esta arma en nuestra guerra.

La causa por la cual se ha escrito tan erróneamente sobre esta batalla se deduce claramente del verídico relato que describo, el cual no admite duda alguna o controversia, aunque reconozco que tienen que ser muchos los detalles que se han borrado de mi memoria y que necesito el apoyo de un nombre, un pequeño acto o una anécdota para que salte la chispa que encienda la turbulencia de mis recuerdos, pero los detalles que puedan faltar no modifican en absoluto la narración general que expongo.

Iniciaré el relato desde su origen:

Apenas había regresado al campo X de Azuqueca de la muy breve y sorprendente expedición realizada al frente de Aragón, cuando me ordenaron trasladarnos urgentemente al aeródromo de Guadalajara, situado a lo largo de la vía del ferrocarril y donde está, o es taba, la fábrica de aviones Hispano-Suiza.

No me hicieron ninguna advertencia referente al motivo de este traslado.

Al día siguiente, o al otro, no lo puedo precisar con exactitud, y empezando ya a anochecer, tomó tierra un Chato del cual se apeó el coronel ruso Julio (Pumpur). Me llamó aparte y, ante un mapa de  la región, hablando despacio y muy claramente, me dijo lo siguiente:

“—Acabo de hacer un reconocimiento por esta zona —y me señaló la carretera Sigüenza-Brihuega—. Viene hacia Guadalajara una fuerte columna italiana. Todo este frente se ha derrumbado por completo. En todos estos pueblos no queda ni un solo soldado nuestro. No hay nadie ni nada que pueda detenerlos. Usted tiene que hacerlo. Mañana, sin falta, y en cuanto amanezca, sin esperar más órdenes de nadie, despegue cargado de bombas y ataque a esa columna lo más durante que pueda: hay que detenerla a toda  “costa-” Y reiterándome que no dejase de atacar muy fuertemente, despego regresando a Alcalá de Henares.

Inmediatamente reuní a todos los pilotos y mecánicos y con el tono y palabras que requerían las circunstancias, les expuse con toda sinceridad la alarmante situación en que nos encontrábamos Pidiendo un extraordinario esfuerzo a todos para realizar mejor la misión que nos habían encomendado para el día siguiente, nos acostamos.

Toda esa noche estuvo lloviendo sin parar y muy intensamente sentí caer la lluvia, ya que, preocupado, apenas pude dormir. Antes de amanecer estábamos todos en el campo pilotos mecánicos y armeros. Ya había escampado, pero todo el campo estaba encharcado y sus proximidades rodeadas de densos y muy negros nubarrones pegados a la tierra. La visibilidad apenas alcanzaba un poco más allá de los limites del campo. Nunca había volado, ni intentado siquiera volar con un tiempo así. Desde la hondonada o vallecito donde estaba el campo no se veía la ciudad de Guadalajara ni el límite del altiplano de la Alcarria, -este aeródromo lo conocía muy bien por haber estado destinado en él más de seis meses, cuando hice el curso de transformación—.

Como no tengo la menor idea de las fechas, me atengo a las muy comprobadas del libro de Salas. Por ellas se deduce sin ninguna duda de que el avance y ataque lo iniciaron las tropas italianas el día seis de marzo. Por consiguiente, este relato corresponde al día seis de marzo. Por consiguiente este relato corresponde al siete de marzo.

Examiné el campo rodando el avión muy despacio, acompañado de dos mecánicos, uno en cada extremo de cada plano. Con gran sorpresa y alegría comprobé que, a pesar de los numerosos charcos, o casi lagunas que existían, podía despegar aunque fuese chapoteando, puesto que todo el campo estaba cubierto de muy alta y apretada alfalfa la que formaba una tupida alfombra sin nada de barro o fango. Sin embargo estaba tan cerrado y amenazador el tiempo que, temiendo un gran desastre con mis nuevos pilotos, no me atreví a asumir la responsabilidad de despegar. Llamé por teléfono al coronel Julio y le expliqué la situación en que me encontraba. El coronel asumió toda la responsabilidad y me ordenó que despegase como pudiese, lo antes posible, y atacase inmediatamente.

Antes de despegar, reuní a todos los pilotos y les recomendé encarecidamente que pusiesen toda su atención y sentidos en mantener las distancias entre los aviones, cuidando mucho de no chocar, pero sin llegar a perder de vista a sus respectivos jefes de patrulla.

Que lo más importante era conservar la calma y mantener la misma dirección cuando entrásemos en alguna nube. Con estas últimas recomendaciones, y muy firme y decidido ya, despegamos las cuatro patrullas.

Seguí recto, a lo largo del campo, de oeste a este, tomando altura con suave ángulo de ascenso, y así atravesé algunos nubarrones, pero no tan grandes que llegasen a desarticular la formación. Entre claros y oscuros seguí ascendiendo hasta colocarme encima del mar de revueltas nubes, con toda la escuadrilla normalmente formada.

Viré 90° a la derecha, sin ver nada del suelo. Mantuve este nuevo rumbo el tiempo que consideré necesario para haber llegado ya a la llanura de la Alcarria, puesto que el vuelo, por falta de instrumentos adecuados, lo efectuaba por estimación y no por cálculo.

Aún lo prolongué un rato más, como me decía a mí mismo, para contrarrestar la impaciencia, y volví a virar otros 90°. Según mi estimación, debía estar ya en la llanura de la Alcarria y siguiendo la misma dirección de la carretera Sigüenza-Guadalajara. Con la escuadrilla perfectamente formada, pero sin ver ningún claro ni tierra por ninguna parte, hice la señal, reduje motor y picando suavemente empecé a calar la masa de nubes.

Este descenso a ciegas fue para mí un poco angustioso. Se me hizo largo, muy largo, por temor a cómo lo estarían pasando y haciendo mis pilotos. Procuré mantener firmemente la misma dirección y el mismo ángulo de descenso, y sorpresivamente, empezaron a desgarrarse las gasas de nubes y empezó a aclararse. Lo primero que hice fue mirar rápidamente a ambos lados y hacia atrás, y vi, unas más y otras menos, algo distanciadas y bastante abiertas a las  patrullas… ¡Todas completas!

La gran satisfacción y tranquilidad que sentí fue instantáneamente anulada por la enorme sorpresa que experimenté al verme encima mismo de una carretera recta, como trazada con una regla, sin árboles ni desniveles, repleta, congestionada de camiones, casi pegados unos con otros. La fila era tan interminablemente larga que no llegué a ver su final.

Reagrupé la escuadrilla en cuña de patrullas, enfilé la recta carretera, hice la señal, pique y lancé las bombas, y seguidamente disparé las 4 simultáneas ametralladoras sin soltar los gatillos, hasta llegar al final de la columna, y cuando ya estaba casi rascando el suelo.

¡Fue un espectáculo increíble! Ví perfectamente a los aterrorizados soldados, con las manos en la cabeza sujetándose los gorros o cascos, corriendo desesperadamente delante de los aviones: otros cayéndose o aplastándose contra el suelo. También vi, a la cabeza de la fila un tanque grande seguido de una cuña de tanquetas y detrás de éstas, líneas de cañones tirados por vehículos. De lo que pudo pasar es fácil imaginarlo teniendo en cuenta que éramos doce aviones, cada uno con ocho bombas de ocho kilos y cuatro ametralladoras con una carga de 3000 balas. Todo esto lanzado fulminantemente y con plena sorpresa en una carretera congestionada totalmente de vehículos y sin lugar alguno donde guarecerse, tuvo forzosamente que causar tremendos estragos materiales y morales. Obsesionado por volver a bombardear no se me ocurrió regresar para ametrallar nuevamente. Seguí hasta Torija, viré a la derecha y me descolgué al campo. Tomé tierra e inmediatamente recargaron los aviones de gasolina mientras traían las bombas. Como el inicio del bombardeo fue a poca altura y apenas pudimos prolongar el ametrallamiento, quería regresar lo antes posible, pero las bombas estaban alejadas y tardaban en llevarlas a los aviones. No quise esperar más. Volvimos a despegar sin las bombas. Más confiados y seguros del tiempo regresamos al frente repitiendo el mismo viaje. El espectáculo que vimos era dantesco: Camiones incendiados, volcados o chocados, pero menos infantería. Pequeños grupos hormigueando entre las matas o viñas o pegados al suelo.

Iniciamos el ametrallamiento despacio, bien abierta la formación y descargando las cuatro ametralladoras sin interrupción, ya que debido a las nubes bajas la poca altura a que estábamos no nos daba tiempo para más lujos. Regresamos al campo. Ya estaban las bombas cerca de los aviones e inmediatamente empezaron a colocarlas. El problema fue ahora recargar las cintas de balas para las ametrallado- ras, lo que nos demoró mucho tiempo. Realizamos el servicio cargados ya de bombas. La fila de camiones estaba ya más aclarada. No había amontonamientos. Tuvimos que escoger los grupidos de camiones aislados para bombardearlos y seguir después el ametrallamiento. Regresamos al campo a descansar y comer. Al atardecer realizamos otro servicio más de bombardeo y ametralamiento, pero cada vez era más difícil localizar las pequeñas agrupaciones de vehículos.

Por la noche, y aflojada ya la tensión a que estuvimos sometidos durante todo el día, hubo una explosión de alegría, comentarios y felicitaciones entre todo el personal, pilotos, mecánicos y armeros, ya que éstos también habían realizado una muy extraordinaria labor al trabajar sin tregua ni descanso, a la intemperie y con un frío tan tremendo que se les agarrotaban las manos.

Mezclada con la gran satisfacción y alegría que sentíamos todos, me invadía un sentimiento de despecho, irritación y sorpresa.

¿Cómo era posible que el ejército italiano viniese tan despreocupadamente por esa despejada meseta? ¿Es que el alto mando italiano ignoraba por completo lo que acababa de suceder en Madrid y Jarama? ¿Es que acaso no se habían enterado siquiera que teníamos amplia superioridad aérea? ¿No habían mantenido ninguna relación ni contacto siquiera con las escuadrillas de Fiat pilotadas por sus mismos compatriotas? ¿En qué concepto nos tenían? ¿Creyeron, acaso, que se encontraban en Abisinia?

Si en vez del horrible tiempo reinante que circunstancialmente permitió que sólo pudiese despegar mi escuadrilla, hubiese habido un día despejado, ¿qué habría pasado con esa tremenda columna si hubiese sido atacada por no menos de cuatro escuadrillas de caza y tres escuadrillas más de bombardeo pesado? ¿Cómo y con qué hubiesen impedido la masacre que inevitablemente hubiese ocurrido? A pesar del tremendo fracaso que tuvieron y del terror que les inspiraban nuestros aviones, según leí en un relato de un combatiente italiano, bien podrían bendecir al cielo por el mal tiempo que les deparó.”

“Mitos Y Verdades: La aviación de caza en la guerra civil española” Andrés García Lacalle (México : Lito Offset fersa, 1973)


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